Del 12 al 17 de marzo vivimos una de esas experiencias que no solo se recuerdan, sino que transforman la manera de mirar la moda: un amplio calendario de desfiles, presentaciones, performances, exposiciones y coloquios que acercaron las colecciones de los principales creadores españoles desde una perspectiva profundamente contemporánea, pero también emocional y reflexiva. En su apuesta firme por las pasarelas internacionales, OMODA llegó a la Semana de la Moda de la mano de Madrid es Moda, desplegando su universo en distintos enclaves emblemáticos de la ciudad, convirtiendo Madrid en un auténtico escenario vivo de creatividad.
Bajo el claim “El futuro empieza aquí”, esta edición se convirtió en un sugerente guiño generacional y, al mismo tiempo, en una declaración rotunda de presente: una invitación a explorar la redefinición del sector desde la emoción, la técnica, la identidad y, sobre todo, desde una nueva conciencia del lujo entendido como tiempo, oficio y autenticidad. Comencé este recorrido con un desfile inaugural absolutamente bonito en la Plaza de España, donde la moda se transformó en espectáculo y narrativa viva, dialogando con la ciudad y su energía.
Uno de los momentos más memorables fue la presentación de Juana Martín y su esperada colección flamenca “Herencia”, un ejercicio poético y profundamente simbólico sobre la transformación de la flor: de lo efímero a lo eterno. Celebrado en el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el desfile se articuló a través de volantes de carácter escultórico, casi arquitectónicos, que parecían esculpir el aire a cada paso.
Los bordados —minuciosos, cargados de memoria— evocaban la herencia andaluza con una sensibilidad exquisita, mientras que tejidos como tafetanes, organzas, encajes, satenes y lunares se combinaban con drapeados cosidos a mano que capturaban el movimiento con una precisión casi coreográfica.
Cada diseño parecía suspendido en el tiempo, como una flor inmortal, donde el volumen y la caída construían una narrativa visual poderosa. La paleta cromática —intensa, vibrante y profundamente emocional— transitaba entre rojos, naranjas, negros y tonos tierra, construyendo un relato donde tradición y contemporaneidad dialogaban con absoluta maestría, elevando el flamenco a una dimensión casi conceptual.
En el majestuoso atrio del Cuartel General de la Armada, Javier Delafuente presentó COUTURISME, una cápsula que reivindica la alta costura como lenguaje vigente y necesario. En un contexto dominado por la inmediatez, su propuesta fue una pausa consciente: una oda al gesto preciso, al patronaje manual y a la construcción rigurosa entendida como acto de modernidad. Lejos de cualquier nostalgia, reinterpretó códigos clásicos desde una mirada contemporánea, donde la artesanía no solo se preserva, sino que se proyecta hacia el futuro.
Sedas fluidas, lanas estructuradas y materiales técnicos sostenibles convivían en una misma narrativa, dando lugar a piezas donde las estructuras internas, los volúmenes controlados y las superficies ornamentadas generaban profundidad. Cada prenda revelaba un estudio exhaustivo del corte y del equilibrio, con una elegancia silenciosa que habla de tiempo, oficio y precisión.
En el vibrante corazón de Lavapiés, Daniel Chong presentó “The Working Class”, un homenaje honesto, directo y absolutamente necesario a los oficios. Desde el prêt-à-porter, elevó lo cotidiano a discurso estético, visibilizando a quienes sostienen el mundo desde el anonimato.
Su colección, construida desde la observación minuciosa y el respeto, exploró uniformes, herramientas y materiales funcionales en cuarenta looks donde el algodón reciclado, los tejidos técnicos y el upcycling adquirieron un protagonismo clave. Las siluetas, de apariencia sencilla pero cargadas de intención, incorporaban bolsillos utilitarios, cortes ergonómicos y detalles que remitían al trabajo manual.
La intensidad cromática —naranjas, verdes, amarillos y fucsias— irrumpía con fuerza en un panorama dominado por los neutros, reafirmando el poder del color como lenguaje identitario y como gesto de optimismo.
En la Serraría Belga, Mirto presentó su colección primavera-verano 2026, una propuesta que fusiona universos masculino y femenino bajo una misma sensibilidad: la elegancia atemporal entendida desde la naturalidad.
A través de cortes precisos, tejidos nobles y una armonía cromática impecable, la firma construyó una narrativa equilibrada y versátil, donde cada prenda parece pensada para acompañar el ritmo real de la vida. La colección, dividida en dos líneas —Crush, más expresiva, rica en matices y estampados exclusivos, y Magnet, donde el equilibrio entre tonos neutros y vibrantes define el armario masculino contemporáneo—, destaca por su atención al detalle.
Algodón, seda y lino, junto a mezclas técnicas, aportan ligereza, confort y funcionalidad, sin renunciar a una sofisticación discreta y constante.
La noche se tiñó de sofisticación con Eduardo Navarrete y su colección “Verde”, presentada en el Teatro Albéniz UMusic Hotel. Un ejercicio de coherencia estética donde un único color se convierte en universo creativo.
Inspirada en las mujeres de los cafés cantantes del siglo XX, la colección desplegó sensualidad, humor y carácter a través de tejidos como satén, gasa y organza, teñidos artesanalmente con una precisión casi alquímica que generaba matices únicos.
Las siluetas, pensadas para la noche, jugaban con transparencias, volúmenes ligeros y movimiento. Las plumas —de avestruz, gallo y faisán—, junto a los apliques en plata envejecida, aportaban teatralidad y una identidad muy reconocible, elevando cada look a una pieza escénica con personalidad propia.
Foto: Dominik Valvo
En la Casa de la Arquitectura, Devota & Lomba presentó su colección inédita nº 79, estableciendo un diálogo natural y sofisticado entre moda y arquitectura.
Vestidos y abrigos cortos de marcada estructura definían la silueta con contundencia, mientras que la ligereza de las gasas y la textura del guipur de algodón introducían contraste y fluidez. La construcción de cada pieza evidenciaba un trabajo técnico preciso, donde el volumen no es decorativo, sino estructural.
El monocromo, protagonista en muchos looks, reforzaba la claridad conceptual de la propuesta, aportando una estética depurada, casi minimalista, donde cada elemento cumple una función dentro del conjunto.
Juan Duyos, en el Instituto Cervantes, presentó “Euforia”, una colección que capturaba el instante como emoción pura. Inspirada en Manuel Piña, la propuesta celebraba la diversidad, la libertad creativa y el poder transformador de la moda.
Siluetas estructuradas, hombros marcados, trajes de chaqueta, drapeados estratégicos y vestidos fluidos convivían en una propuesta rica en matices.
La paleta vibrante —oro, azul eléctrico, magenta, plata y negro— potenciaba el carácter de cada look, mientras que tejidos como jacquard, terciopelo, moiré, brocado o tafetán se reinterpretan desde una mirada contemporánea, aportando textura, brillo y profundidad.
Entre las presentaciones más evocadoras, Pilar Dalbat transformó el COAM en un concierto íntimo junto al contratenor Carlos Mena. Su colección Palco Winter 2027 exploraba el vínculo entre moda y música desde una perspectiva escénica y emocional.
Dramáticas capas largas —sello de la firma— en terciopelo bordado con efectos tridimensionales convivían con faldas de tafetán con cola, smokings estructurados y prendas joya en cashmere. La colección evolucionaba cromáticamente desde negros profundos hasta rosas, dorados y tonos burdeos, construyendo una narrativa envolvente donde cada salida parecía formar parte de una coreografía.
Foto: Marco Presta
Oteyza, por su parte, profundizó en el concepto de piel como memoria e identidad con su colección inédita otoño-invierno 2026/27. Una propuesta sensorial donde las prendas se concebían como una segunda piel, envolviendo el cuerpo con precisión y fluidez.
Lanas merinas extrafinas, linos y sedas dialogaban con estructuras depuradas y volúmenes arquitectónicos. La paleta cromática —azules eléctricos, verdes profundos, tonos tostados y destellos mostaza— aportaba una sofisticación vibrante que conecta con su universo olfativo, ampliando los límites entre moda, emoción y experiencia sensorial.
Finalmente, Candelas y Felipa nos transportaron a los siglos XVI y XVII con “El Alcázar”, una colección que reinterpreta la estética de la corte de los Austrias desde una mirada contemporánea y arquitectónica. Volúmenes estructurados, siluetas escultóricas y una construcción técnica rigurosa definían cada pieza, donde el patronaje adquiere un papel protagonista.
La colaboración con artesanos de Castilla-La Mancha —desde la marquetería hasta el damasquinado— elevaba cada look a objeto de arte, incorporando materiales y técnicas tradicionales que dialogan con una visión absolutamente actual.
Esta edición no solo confirmó el talento y la diversidad de la moda española, sino que también dejó claro que su futuro —vibrante, consciente, sofisticado y profundamente creativo— ya está aquí, y se construye desde el respeto por la tradición y la valentía de la innovación.