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EMPEZAR DE NUEVO

Septiembre, las terminales, las facilitonas y un osito de Svarowski.

03 de septiembre de 2018

Septiembre siempre se me ha antojado como un nuevo comienzo. Si lo pienso un poco, supongo que son los recuerdos de tantos años de colegio en los que se empezaba una vez más, después de las vacaciones, con todas las esperanzas e ilusiones tan en blanco como los cuadernos y los libros oliendo aún a la papelería del barrio y a vida de estreno.

Solo una vez en mi vida he cometido el error de tomarme las vacaciones en Septiembre y, sinceramente, fue un absoluto desastre. Recién llegada a mi destino y con las maletas entreabiertas, el móvil se puso en modo ON y parecía que todo el mundo se turnaba para implorar mi presencia… Señoooor…¡ cuánto se me necesitaba!... Fotos, citas inaplazables, o todo tipo de cosas importantísimas que hacer, ya y en ese mismo minuto…¡Uuuuuffff! …mal momento para comentar que yo, lo que andaba era de vacaciones. A través del teléfono se percibían gimnásticos levantamientos de ceja al compás de odiosos comentarios sobre mi larguísima tregua veraniega. ¡Vaya!…yo llevaba unas doce horas en la playa y consiguieron que me sintiera como una auténtica y diletante millonaria disfrutando de su relajada holganza de junio a octubre, en plan veraneo de los 60.

En fin que, si me preguntan, tengo que decir que no me parece un mes muy recomendable para disfrutar de un descansito vacacional. Porque es que nadie se va a creer que te acabas de ir y lo más suave que te va a caer es que eres una vaga de campeonato. Así que, visto lo visto y lo experimentado en mis bellas carnes maduras, prefiero considerarlo como una antesala para preparar todo el año que empieza y que, lo mismo, viene llenito de sorpresas, novedades y retos que conquistar.

Septiembre me anima a limpiar la casa, las agendas, los papelotes y los contactos. Me anima a desprenderme de lastres para empezar blanca y radiante como una novia y, sobre todo, igual que hago con mis cositas en las mudanzas, deshacerme de todos los “por si”, que lo mismo me da que sea una vajilla con pajaritos que me pintó una amiga en algún remoto cumpleaños, que alguna persona, con o sin pajaritos pero, especialista en ir lastrándome por mil razones que termino resumiendo en una: mi tolerancia absurda ante todo. Hay amigos de ocasión muy de tirar a la papelera en cualquier época del año, la verdad, pero yo aprovecho para catapultarles en este mes de inicio de curso. Familiares idiotas que nunca ves pero que molestan, ex novios/as o ex cónyuges con peor energía que una casa llena de plantas de plástico decoloradas por el sol, vecinos pesadísimos o compiyoguis y compañeros de trabajo dignos de hacer con ellos canasta en la primera basurita que te encuentres, sin mucho más trauma que no anotar tres puntos.

Cada final de verano, sin falta, me doy cuenta de que suelo terminar más agotada que otra cosa. Todos los años, los alegres y dinámicos anuncios de bronceadores y útiles playeros me dejan un regustillo como de no saber hacerlo; de no tener ni idea de cómo manejar los días de tocarte el moño. Y es que siempre me parece que todo el mundo aprovecha cada minuto como si no hubiera un mañana y, además, con gran destreza, cara de felicidad y pinta de descanso ocioso sin fin…no sé, creo que nunca me he sabido relajar lo suficiente. Me ocupo de todo, me fijo en todo y, exactamente igual que en Navidad, quiero que todo el mundo esté tan súper mega contento que me olvido de ponerme contenta yo y, al final, necesito vacaciones para descansar de las mías.

Mi tía Carmen que, además de ser mi tía es muy sabia, dice que somos facilitonas. Jajajaja… me encanta el término, porque define maravillosamente esa capacidad idiota que tenemos de hacer que todo parezca fácil y agradar a los demás para que se sientan cómodos, así se nos parta el lomo en el intento, pero… ¡Que no se note, por favor!... y claro, nadie te agradece nada porque parece tan fácil, tan fácil que no nos otorgan ningún mérito. Esta extraña cualidad te mantiene todo el día galopando de recado en recado, de aperitivo en cocinita, del súper al estanco, de la pelu perruna al despacho de pan y corto y en silencio, que es lo que decía el padre mi amiga Laura cuando el peluquero le preguntaba como quería que le cortara el pelo…¡Un genio ese padre!

Por eso he decidido que Septiembre sea como las terminales de los aeropuertos, que están hechas de tal manera que no existe ni el tiempo ni el espacio y lo único que puedes hacer en ellas es concentrarte en ti mismo, ser feliz y, casi siempre, comprar cosas que jamás comprarías en tu mundo normal pero que allí, expuestas sin competencia del universo exterior, te parecen preciosísimas y fundamentales. ¡Anda que no!... que todos tenemos un juego de pendientes de extraño diseñador muy de revista del Duty Free con brillantes en color blanco y brillantes en color negro y con oferta de un osito con ojos de asesino de los brillos que desprende de tanto cristal de Swarovski.

Esa burbuja intemporal es muy necesaria antes de acometer otro año si no quieres perder la cabeza del todo y dedicarte a programar agendas mientras guardas toallas y sombrillas y deshaces maletas, pones lavadoras y te vas correteando a la tintorería mientras forras libros escolares, compras uniformes y equipaciones, atiendes llamaditas del banco porque se te olvido que en verano también se paga y llevas al perro a pelar porque, el pobre en su inocencia, parece que sale del festival de Woodstock. Y todo con una sola mano y sin despeinarte, porque eso es lo que tenemos las facilitonas… que mientras proyectas futuros y creas carreras de ensueño para tus hijos, mantienes el hogar en marcha, el mundo animal controlado en tema pelo, la asistenta contratada y las facturas pagadas, además, estás guapa de muerte y presta a cualquier nuevo encarguito.

Así que ese silencioso Septiembre, como un pasillo estelar sin materia ni tiempo, me resulta tan esencial para poder vivir como la alegría de encontrar una buena oferta, un buen marido o un sobre en la calle con 15.000 euros que alguien se haya olvidado. Y esto último no me lo invento, que le pasó al padre mi amiga Marisa; solo que el padre era tan bueno que lo devolvió. Bendito sea…

¡Viva Septiembre! Que el pobre es como un lunes gigante y nadie, nadie le quiere. Pero es que se merece muchos amores y un chupinazo como el de San Fermín pero con más ganas y menos calorina… ¡Óle!

¡¡Que sí!!…¡¡Que viva y viva Septiembre!!

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Publicado por: MÓNICA OCHOA

03|09|2018.

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